Oliver Twist
Oliver Twist Las dos viejas enfermeras, después de permanecer largo rato inmóviles, se alejaron del lecho para acercarse a la chimenea, donde procuraron calentar sus ateridas manos. La llama proyectaba siniestros resplandores sobre las arrugadas caras, haciendo resaltar su espantosa fealdad. En la posición que acabo de indicar, comenzaron a conversar en voz baja.
—¿Ha dicho algo mientras yo estuve fuera Ana? —preguntó la que había ido a buscar a la matrona.
—Ni una palabra —contestó la llamada Ana—. Principió a retorcerse los brazos, pero yo la sujeté por las muñecas y pronto fue mía. Apenas si conserva fuerzas, y yo, para los años que tengo, y no obstante el régimen alimenticio del asilo, conservo bastantes bríos, gracias a Dios.
—¿Bebió el vino caliente que recetó el médico?
—Quise hacérselo beber; pero apretó tanto los dientes y agarró con tal fuerza el cubilete, que a duras penas, conseguí hacérselo soltar. El vino me lo bebí yo, y por cierto que no me ha sentado mal.
No sin antes tender una mirada de precaución alrededor, las dos arpías se acercaron más al fuego y continuaron charlando en voz baja.
—Me acuerdo del tiempo en que ella hubiera hecho lo que hacemos nosotras, y encima se hubiera reído después.