Oliver Twist

Oliver Twist

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—¡Oh, seguramente! ¡Siempre fue alegre de cascos! ¡Cuántos muertos ha, amortajado, blancos como la cera! Mis cansados ojos lo han visto… y hasta mis manos los han tocado, pues docenas de veces la he ayudado.

Alargando su temblona mano mientras hablaba, la vieja movió con alegría los dedos y los metió en una faltriquera, de donde sacó una mísera caja de rapé, de la que tomó un polvo, ofreciendo luego otro a su compañera.

Mientras las dos viejas entretenían tan agradablemente el tiempo, la matrona, que había estado esperando con impaciencia a que la moribunda saliese de su estupor, se acercó también al fuego y preguntó con voz agria si tendría que esperar mucho tiempo.

—No mucho, señora —respondió una de las viejas—. Ninguna de nosotras espera largo tiempo a la muerte. ¡Paciencia… paciencia! ¡Harto pronto llegará para todas nosotras!

—¡Cállese la lengua larga! ¡Idiota! —gritó airada la matrona—. Dígame usted, Marta, ¿ha caído en ese estado de sorpor alguna otra vez?

—Muchas —contestó la interpelada.

—Pero no volverá a caer —añadió la otra vieja—. Y digo que no volverá a caer, porque no despertará de ése… más que una vez, y cuente usted que no tardará mucho.


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