Oliver Twist
Oliver Twist El pensamiento sólo de que Tomás Chitling fuera víctima de una pasión tierna produjo en Carlos Bates tal explosión de risa, que al dejarse caer con alguna violencia contra el respaldo de la silla, perdió ésta el equilibrio y le envió rodando al suelo. Pero a bien que el accidente en nada atenuó su hilaridad. Tendido cuán largo era y revolcándose permaneció hasta después de pasado el primer acceso, que fue seguido por otro no menos violento apenas se hubo puesto en pie.
—¡No le hagas caso, amigo mío! —dijo el judío, guiñando un ojo al Truhán y dando con el fuelle un golpecito en la espalda a Chitling—. Belita es una niña angelical. Quiérela, Tomás, quiérela mucho.
—No contestaré más que una cosa, Fajín —replicó Chitling, rojo como un pimiento—, y es que a nadie de los que están aquí importa ese asunto.
—¡Justo! —dijo el judío—. Tienes razón que te sobra. Bates es un hablador, del que no debes hacer caso, amigo mío. Belita es una niña encantadora. Haz lo que ella te mande, Tomás, y tienes hecha la fortuna.