Oliver Twist
Oliver Twist Tal era el lugar en el cual acababa de entrar el judío. Mucho debían conocerle los sucios moradores de aquel mercado hediondo, pues ni uno solo de los que se encontraban en el umbral de las puertas, fuera vendedor, fuera comprador, dejaba de saludarle familiarmente al pasar de viva voz o con una inclinación de cabeza. Fajín contestaba los saludos en la forma misma que le eran dirigidos, pero no se detuvo hasta llegar al extremo, donde dirigió la palabra a un mercader de baja altura que había colocado en una silla de niño la parte de su persona de que aquélla era capaz, y fumaba una pipa frente a la puerta de su casa.
—La verdad es, señor Fajín, que con verle a usted basta y sobra para curarse de la oftalmía —dijo el honrado mercader, respondiendo al saludo del no menos honrado judío.
—Había en la vecindad una temperatura excesivamente alta, Lively —dijo Fajín, enarcando las cejas y cruzando las manos a su espalda.
—Dos o tres quejas de esa clase han llegado a mis oídos; pero ya se refrescará pronto, ¿no le parece, Fajín?
Contestó Fajín con un gesto de asentimiento, y extendiendo a continuación un brazo hacia Saffron-Hill, preguntó:
—¿Hay alguien allí?
—¿En Los Lisiados?