Oliver Twist
Oliver Twist —SÃ.
—Espere usted… déjeme que haga memoria… SÃ, que yo sepa, han entrado media docena; pero no creo que entre ellos esté su amigo.
—¿No está allà Sikes? —inquirió el judÃo con desaliento.
—Non est inventus, como dicen los letrados —contestó el hombrecillo, moviendo la cabeza—. ¿Trae usted algo que pueda convenirme?
—Nada —contestó el judÃo, girando sobre sus talones.
—¿Va usted a Los Lisiados, FajÃn? —gritó el mercader—. Si me espera un momento le acompaño.
Como por una parte el judÃo volvió la cabeza e hizo con la mano una seña indicadora de que preferÃa ir solo, y por otra el mercader no pudo sacar de la silla la parte de cuerpo empotrada en ella, la razón social Los Lisiados hubo de renunciar, por aquella vez, al placer de recibir la visita del señor Lively. Cuando el digno comerciante pudo ponerse sobre sus extremidades, el judÃo se habÃa perdido de vista, y como consecuencia, el señor Lively, después de permanecer un ratito sobre las puntas de los pies, esperando divisar al judÃo, volvió a empotrarse en la silla y, después de cambiar con la señora de la tienda de enfrente una seña en la cual campeaban por igual la desconfianza y la duda, volvió a empuñar su pipa con grave continente.