Oliver Twist

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Daban luz a la sala dos o tres mecheros de gas, cuyo resplandor no era posible se viese desde fuera, gracias a las maderas de las ventanas, perfectamente ajustadas, y a unas cortinas rojas tendidas sobre las mismas. El humo que despedían las lámparas no podía ennegrecer el techo, sencillamente porque era humo de tabaco, que en los primeros momentos era de todo punto imposible distinguir un solo objeto o persona. Cuando la llegada de algún parroquiano descargaba en parte la atmósfera de humo, que buscaba salida por la puerta abierta, podía medio distinguirse una colección de cabezas agrupadas, pero tan confusamente, como confusos eran los sonidos que recogía el oído; pero a medida que la vista se acostumbraba, el espectador acababa por ver a muchos hombres y mujeres, apelmazados junto a una mesa muy larga, en cuya cabecera se veía sentado un presidente empuñando el martillito propio de su cargo, mientras en un rincón de la sala, sentado frente a un piano bastante averiado, había un artista de nariz roja, que aporreaba el teclado del instrumento con la furia que es de suponer en quien sufre un dolor violento de muelas, como le ocurría al virtuoso.





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