Oliver Twist
Oliver Twist —Supongo que tampoco habrá nada malo, ¿eh? —preguntó el otro, deteniéndose y mirando alarmado al judÃo.
Movió el judÃo la cabeza e iba a contestar, cuando su interlocutor, indicándole la casa frente a cuya puerta acababan de llegar, le interrumpió diciéndole que serÃa preferible hablar dentro en atención a que estaba helado y el viento penetraba sus carnes.
Hizo FajÃn lo posible por declinar el honor de recibir una visita a hora tan intempestiva, diciendo que en su casa no habÃa lumbre; pero ante la insistencia de su compañero hubo de abrir la puerta, rogando seguidamente a este último que la volviese a cerrar sin hacer ruido mientras él encendÃa luz.
—Nada tiene que envidiar esto a una tumba en punto a obscuridad —observó el desconocido, buscando a tientas la escalera—. ¡Luz, hombre del diablo, luz!
—Cierra la puerta —murmuró FajÃn desde el extremo del pasillo.
La puerta se cerró con estrépito.
—No es culpa mÃa —observó el desconocido—. Fue el viento o se cerró por sà sola. ¡Alumbre usted pronto, pues de lo contrario voy a dejarme los sesos pegados a cualquier pared de esta maldita caverna!