Oliver Twist
Oliver Twist SerÃa la una de la madrugada. Dada la tenebrosidad de la noche y lo extraordinario del frÃo, dicho se está que el buen judÃo no sintió tentaciones de entretener el tiempo rondando las calles. El viento impetuoso que las barrÃa las limpiaba de trasnochadores asà como también de polvo y hasta de barro. Eran muy contados los transeúntes, y los pocos que encontró al paso, dirigÃanse presurosos a sus moradas.
Llegado a la esquina de la calle en que vivÃa, aguantando un viento helado de frente, y tiritando, buscaba la llave de la puerta, cuando se destacó un bulto de un cobertizo obscuro, el cual atravesó la calle y se aproximó con paso sigiloso hasta tocar el hombro del judÃo.
—¡FajÃn! —susurró una voz.
—¡Ah! —murmuró el judÃo—. Eres…
—Sà —interrumpió con brusquedad el desconocido—. Dos horas hace que estoy esperando aquÃ, muerto de frÃo. ¿Dónde demonios ha estado usted?
—Ocupado en tus asuntos, amigo mÃo, en tus asuntos —respondió el judÃo, mirando con inquietud a su interlocutor y moderando el paso—. En tus asuntos, sÃ.
—¡Puede ser! —replicó con expresión irónica el desconocido—. ¿Y qué hay?
—Nada bueno.