Oliver Twist
Oliver Twist Britles, que al abrir la puerta habÃa quedado detrás de la misma, lanzó un grito penetrante o no bien vio a Oliver, mientras Giles, levantando al muchacho por una pierna y por un brazo (por su suerte, no fue por el herido), lo entró en el vestÃbulo y lo dejó tendido sobre, el suelo.
—¡Aquà le tenemos… aquà tenemos a uno… un bandido, señora! —gritó Giles desde la escalera—, ¡Un ladrón, señora… herido, señorita, herido! ¡Yo fui quien le descerrajé el tiro, y Britles tenÃa la vela!
—¡No era vela, señorita, sino una, linterna! —gritó Britles, poniendo junto a la boca las manos a manera de bocina.
Las dos criadas subieron veloces con la noticia de que Giles habÃa capturado a uno de los ladrones mientras el calderero procuraba socorrer a Oliver, temeroso de que muriera antes de ser llevado a la horca. Cuando el ruido era mayor y más vivo el movimiento, sonó una voz de mujer, voz dulce y argentina, que lo apaciguó todo como por encanto.
—¡Giles! —llamó la voz desde lo alto de la escalera.