Oliver Twist

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Bajo tales condiciones, capituló Britles. Los tres hombres, más tranquilos al descubrir (por haber abierto en aquel momento las ventanas) que era ya muy entrado el día, subieron la escalera llevando de vanguardia a los perros, y cerrando la retaguardia las mujeres, a quienes asustó la idea de quedar solas en la cocina. Por consejo de Giles, comenzaron todos a hablar con voz recia a fin de que los malhechores, suponiendo que malhechores fueran los que llamaban, supieran que en la casa había muchas personas. Al mismo caballero, hombre fecundo en recursos, se le ocurrió la idea luminosa, que puso inmediatamente en práctica, de tirar de los rabos de los perros hasta hacerlos ladrar con furia.

Adoptadas esas medidas aconsejadas por la prudencia, Giles agarró al calderero por el brazo (para que no escapase, según dijo en tono humorístico), y dio orden de abrir la puerta. Obedeció Britles, y todas las personas que formaban el grupo, al asomar tímidamente las cabezas sobre los hombros de los que delante estaban, no vieron ante sí otro objeto formidable que al pobrecito Oliver Twist, aniquilado y sin voz, que entreabría penosamente los ojos implorando compasión.

—¡Un chicuelo! —exclamó Giles, empujando briosamente al calderero—. ¿Qué vienes a buscar?… ¡Demonio! ¡Britles!… ¡Mira! ¿No le conoces?


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