Oliver Twist
Oliver Twist —No deja de ser extraño que vengan a llamar a hora tan intempestiva —observo Giles, contemplando los pálidos rostros de sus oyentes, no más pálidos ciertamente que el suyo—. La hora es intempestiva, lo reconozco, pero fuerza es que alguien abra la puerta. ¿No me oÃs?
Miraba Giles a Britles mientras hablaba; pero este joven, modesto de suyo y poco amigo de singularizarse, debió figurarse sin duda que él no era alguien, y convencido de que la orden no podÃa rezar con él, ni contestó, ni se movió. Giles, entonces, hizo una seña elocuente al calderero; pero el calderero se habÃa dormido de pronto: en cuanto a las mujeres, no habÃa por qué contar con ellas.
—Si Britles prefiere abrir la puerta en presencia de testigos —dijo Giles al cabo de un rato de pausa—, me presto desde luego a acompañarle.
—Y yo también —terció el calderero, tan brusco en el despertar como en el dormirse.