Oliver Twist
Oliver Twist Meditaba Giles al parecer sobre si las conveniencias le consentían acomodarse al buen humor de la señorita sonriendo con todo el respeto posible, cuando hizo alto frente a la puerta del jardín un carruaje, del cual saltó un caballero gordo, que corrió presuroso a la puerta y no tardó en penetrar como una bomba y sin previo anuncio en el comedor, derribando casi a Giles y faltando muy poco para que volcar la mesa.
—¡Es inaudito! —exclamó, el caballero gordo—. ¿Habráse visto atrocidad semejante, mi querida señora Maylie? ¡Bendito sea Dios!… ¡En el silencio de la noche… hasta aprovechando las tinieblas! ¿verdad? ¡Digo y repito que jamás oí cosa semejante!
Mientras disparaba estas frases de pésame, el gordo estrechaba con fuerza las manos a las dos damas, y acercando una silla, les preguntaba por su salud.
—¡Casi se habrán muerto ustedes del espanto! —prosiguió diciendo el caballero—. ¿Por qué no enviaron por mí? Mi criado hubiera acudido sin tardanza, y yo también. Para mi criado habría sido un verdadero placer, como para cualquiera, en circunstancias análogas. ¡Dios mío, Dios mío! ¡Cosa más inesperada!… ¡Y en el silencio de la noche!..