Oliver Twist
Oliver Twist A juzgar por las exclamaciones del recién llegado, no era el hecho del robo lo que le conmovÃa, sino que los ladrones hubieran intentado llevarlo a cabo inesperadamente y a favor de las sombras de la noche, como si los señores ladrones tuvieran la costumbre de trabajar a la luz del sol y previo aviso por tarjeta postal de su visita, con dos o tres dÃas de anticipación.
—Y usted, señorita Rosa —repuso el caballero, dirigiéndose a la joven—, también…
—¡Mucho, señor doctor, mucho! —contestó la joven interrumpiéndole—. PermÃtame que le recuerde que hay arriba un desgraciado a quien mi tÃa desea que usted visite…
—¡Ah, sÃ, ya lo sé! Tengo entendido que usted, Giles, es quien le ha puesto en tal estado, ¿no?
Giles, que en aquel momento colocaba en su sitio las tazas, se puso colorado como un pavo y contestó que él habÃa tenido aquel alto honor.
—Honor, ¿eh? —exclamó el doctor—. ¡Psch! ¡Vaya usted a saber! Quizá sea tan honroso herir a un ladrón en la recocina como descalabrar al adversario a doce pasos de distancia. Hágase usted cuenta de que ha tenido un duelo, Giles, y que su enemigo disparó al aire.