Oliver Twist

Oliver Twist

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Oliver, un poquito desconcertado, volvió sus inocentes ojos hacia el señor Bumble al oírse tratar en dos formas tan contradictorias, pero Bumble previno las observaciones que a este propósito pudiera hacerle el niño introduciéndole bruscamente en la sala contigua, cuya puerta estaba abierta de par en par. Era una habitación espaciosa, provista de una gran ventana. Detrás de una mesa escritorio había dos señores ancianos con pelucas empolvadas, uno de los cuales leía un periódico, mientras el otro, con ayuda de unos quevedos montados en concha, recorría con la vista un pequeño pergamino que delante tenía. A un lado de la mesa, y de pie, estaba el señor Limbkins, y al otro Gamfield, cuya cara había lavado a medias. Dos o tres mocetones, con botas de montar, paseaban por la sala.

Parece que el señor de las gafas se fue ensimismando poco a poco en la lectura del pergamino. Después que Oliver fue colocado delante de la mesa, continuó, aunque por breves momentos, el mutismo general.

—El niño, señor —anunció Bumble.

Alzó la cabeza el anciano que leía el periódico y tiró al de las gafas de la manga. El de las gafas salió de su ensimismamiento.

—¡Ah! ¿Es este el niño? —preguntó.

—Sí, señor —contestó Bumble—. Inclínate ante el señor magistrado, mi querido Oliver.


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