Oliver Twist

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—La señorita lo sabe tan bien o mejor que usted, compañero —replicó con vivacidad Blathers—, y ya que se me presenta ocasión, advertiré a usted, Duff, que no me agrada que me interrumpan a cada paso. El tal Conkey tenía en el camino de Battlebridge una taberna que frecuentaban muchos jóvenes lores deseosos de presenciar riñas de gallos, de hacer apuestas y de disfrutar de pasatiempos por el estilo. El tabernero dirigía los negocios de la manera más intelectual que puede usted figurarse, según he podido observar yo mismo, que he tenido ocasión de juzgar de visu. Sucedió pues, que, en ocasión en que se encontraba solo en su casa, una noche le fueron robadas trescientas veintisiete guineas que guardaba en un saco por un hombre alto que llevaba un parche negro en un ojo el cual hombre se había escondido debajo de su cama, y luego que cometió el robo, se descolgó por una ventana, que estaba en el primer piso. Rápido fue el ladrón en sus movimientos, mas no lo fue menos Conkey. Parece que le despertó el ruido, y saltando veloz de la cama disparó un trabucazo que puso en conmoción al barrio entero. Todo el mundo se lanzó a la calle, la gritería que se armó fue espantosa, todos corrieron tras el ladrón, no lograron darle alcance, y ni siquiera verle, hallaron no obstante que el trabucazo le había herido, pues dejo en su huida rastros de sangre que continuaban durante un trecho d consideración. En resumen: Conkey se quedó sin el dinero, y como consecuencia, cúpole el honor de que su nombre apareciera, pasado algún tiempo, en la Gaceta, entre los de otros comerciantes que habían hecho quiebra. Abrióse una suscripción, diéronse funciones a beneficio de aquel desgraciado a quien había visitado el infortunio; pero todos los socorros materiales no pudieron restablecer el equilibrio en sus facultades mentales, trastornadas como resultado del robo. Pasábase los días sin despegar los labios, extraviada la mirada, arrancándose el cabello, Y haciendo tales extremos, que las gentes creían que terminaría por suicidarse. Una mañana se presentó corriendo en las oficinas de policía y celebró una conferencia reservada con el comisario, terminada la cual, sonaron con insistencia los timbres y se dieron órdenes terminantes y precisas a Jaimito Spyers (un agente de los más activos y sagaces), para que prestase su apoyo al señor Chickweed y se apoderase de la persona del ladrón.


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