Oliver Twist

Oliver Twist

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—¡Hijo mío! —exclamó el magistrado, inclinándose sobre la mesa.

Estremecióse Oliver al escuchar aquellas dos palabras. Harta disculpa merece su conducta, pues le fueron pronunciadas con acento de dulzura, y los sonidos desconocidos asustan siempre. El niño, temblando de pies a cabeza, rompió a llorar.

—¡Hijo mío! —repitió el magistrado—. Te veo pálido y como alarmado; ¿por qué?

—Sepárese usted del niño, bedel —dijo el otro magistrado, dejando el periódico y mirando con interés a Oliver—. Veamos, hijo mío —repuso— ¿qué te pasa? ¿Por qué tienes miedo?

Oliver no pudo resistir más. Cayendo de rodillas, y juntando las manos en actitud suplicante, rogó a los magistrados que dispusieran que fuera encerrado de nuevo en el calabozo obscuro, donde se resignaría que le hicieran perecer de hambre, que le pegaran y azotaran, a que le mataran de una vez, siempre que no le pusieran en manos de aquel hombre que le horrorizaba.

—¡Bien! —exclamó Bumble, alzando los ojos y las manos al cielo con expresión de gran majestad—. ¡Muy bien, Oliver! ¡Embusteros astutos y cínicos he visto en el mundo; pero jamás vi ejemplar tan archirrequetedescarado como tú!


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