Oliver Twist
Oliver Twist —¡Cállese usted, bedel! —exclamó el segundo magistrado, luego que Bumble profirió el calificativo triplemente compuesto.
—Ruego a Su SeñorÃa que me perdone —dijo Bumble, como no dando crédito a sus oÃdos—. ¿Es a mà a quien se dirige Vuestra SeñorÃa?
—SÃ. ¡Cállese usted!
La estupefacción dejó atortolado a Bumble. Imponer silencio a un bedel era cosa inaudita; una revolución moral.
Los dos magistrados cruzaron entre sà una mirada de inteligencia y a continuación, el de las gafas de concha, dejando el pergamino que en la mano tenÃa, dijo:
—Negamos nuestra sanción al acta.
—Espero —observó el señor Limbkins— que el testimonio sin pruebas ni valor de un niño no influirá en el ánimo de los señores magistrados en el sentido de hacerles formar opinión de que las autoridades del hospicio se han conducido mal.
—No somos los magistrados llamados a pronunciar la opinión que el asunto nos merezca —contestó con severidad el anciano del periódico—. Lleven nuevamente al niño al asilo, y trátenle bien y con dulzura, que me parece que harto lo necesita.