Oliver Twist

Oliver Twist

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Alboreó el día siguiente, y en la casa, antes tan animada, habitan sentado sus reales la tristeza y el silencio. Las gentes hablaban en voz muy baja, a las puertas se asomaban vez en cuando rostros que reflejaban dolorosa ansiedad, y mujeres niños se alejaban bañados en lágrimas. Durante todo aquel día eterno y hasta después de haber tendido la noche sus negros tules sobre la tierra, Oliver permaneció en el jardín paseando lentamente, ora clavada la mirada en tierra, ora alzándola a las ventanas del cuarto de la enferma, siempre temiendo ver que se extinguía la luz débil que la iluminaba, porque sería señal de que la muerte, que por allí rondaba, había concluido por penetrar dentro Ya muy avanzada la noche llegó el señor Losberne.

—¡Triste, doloroso es decirlo! —exclamó el buen doctor—. ¡Muy triste… sí… pero queda muy poca esperanza!

Y a la noche sucedió el día. Alzóse el sol radiante, tan radiante como si no viniera a iluminar desgracias y dolores, o bien como si dichas o miserias fueran para él indiferentes.

Mientras las flores hacían ostentación de toda la riqueza de sus matices, mientras todo respiraba vida, pujanza, salud, alegría, la pobre Rosa moría por momentos. Oliver se encaminó al viejo cementerio, y sentado sobre una de las tumbas cubiertas de césped, lloró silenciosamente.


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