Oliver Twist
Oliver Twist Aunque la silla de posta pasó como una exhalación, pudo Oliver vislumbrar en su interior a un hombre tocado con gorro de dormir blanco, cuyas facciones le parecieron familiares, aunque sin llegar a identificarle. Un segundo más tarde asomaba por la portezuela de la silla de posta el gorro de dormir, y una voz estentórea daba al postillón orden de parar, orden que fue obedecida tan pronto como aquél logró contener a los caballos. Apareció inmediatamente de nuevo el gorro y sonó la voz estentórea llamando a Oliver por su nombre.
—¡Aquí, Oliver, ven aquí! —gritó la voz—. ¿Qué noticias hay ¿Y la señorita Rosa? ¡Oliver!
—¿Es usted, señor Giles? —contestó Oliver precipitándose hacia la portezuela del carruaje.
Otra vez asomó el gorro de dormir de Giles, sin duda para formular —su propietario, no el gorro—, nuevas preguntas, cuando el buen mayordomo hubo de ceder la ventanilla a un joven, que a su lado venía sentado, quien preguntó anhelante noticias sobre la enferma.
—¡Una sola palabra! —exclamó—. ¿Está mejor o peor?
—¡Mejor, mucho mejor! —contestó Oliver.
—¡Dios sea loado! —exclamó fervorosamente el joven—. ¿Estás seguro de ello?
—Segurísimo, señor. El cambio sobrevino hace muy pocas horas, y el señor Losberne asegura que pasó el peligro.