Oliver Twist

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—¿No? ¡Eso sí que lo creo! —exclamó Sikes, sonriendo con amargura—. Seguro estoy de que has pensado mucho en mí, mientras he permanecido aquí, tiritando unas veces y ardiendo otras, para variar; pero ha sido para madurar tus planes, para tomar medidas, diciendo que Guillermo hará esto, o hará aquello, tan pronto como se ponga bueno, y lo hará por cualquier cosa, regalado, casi de balde. ¡Bandido! ¡De no haber sido por esa infeliz estaría ya muerto!

—¡Conformes, Guillermo! —exclamó Fajín, aprovechando la frase al vuelo—. Dice usted que no ha muerto gracias a la muchacha: ¿y a quién debe usted el tenerla a su lado? ¿No es al viejo Fajín?

—Es verdad —terció Anita, acercándose a los interlocutores—. Pero hablemos de otra cosa; ¿no les parece que se ha discutido lo que tratan con toda la extensión que merece?

La presencia de Anita dio nuevo rumbo a la conversación. Los muchachos, obedeciendo una seña que les hizo el judío, instáronla a beber, y ella bebió, bien que con parsimonia, mientras Fajín, desplegando una alegría que no era en él natural, consiguió aplacar a Sikes, fingiendo tomar a broma sus amenazas y riendo y celebrando sus fanfarronerías.

—Todo eso está muy bien —dijo Sikes al fin—; pero necesito que esta misma noche me envíes luz.

—Ni una mala moneda tengo —replicó el judío.


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