Oliver Twist
Oliver Twist —No he visto en mi vida perro tan gracioso como este —dijo Bates, cumpliendo la orden de Sikes. Huele los vÃveres con tanto esmero como suelen hacerlo las viejas en el mercado. Si se hubiera dedicado al teatro, hubiera hecho fortuna ese perro, sobre todo cultivando el género dramático.
—¡Quieto! —gritó Sikes a su perro, que se habÃa escondido debajo de la cama y gruñÃa amenazador—. Repito, zorro viejo: ¿Qué disculpa me das de tu conducta?
—He estado fuera de Londres más de una semana, amigo mÃo —contestó FajÃn.
—¿Y los quince dÃas restantes? ¿Qué me dices de las dos semanas que me has tenido aquà como una rata enferma en su agujero?
—No pude remediarlo, Guillermo. No entraré ahora en detalles, porque no son para dichos delante de gente, pero juro por mi honor que no pude hacer otra cosa.
—¿Por tu honor? —exclamó Sikes—. ¡Vaya, muchachos! Cortadme un pedazo de ese pastel, para que me quite el mal gusto que me ha dejado esa palabra.
—No se enfade usted, amigo mÃo —suplicó el judÃo—. Ni un instante he dejado de pensar en usted… se lo aseguro.