Oliver Twist
Oliver Twist Terminado el panegÃrico, Bates sacó de las profundidades de su bolsillo una botella de buen tamaño, llena de vino y cuidadosamente tapada, mientras el Truhán escanciaba de otra, que a su vez traÃa, un gran vaso de licor, que el enfermo echaba entre pecho y espalda sin demostrar un momento de vacilación.
—¡Ah! —exclamó el judÃo, frotándose satisfecho las manos—. ¡Eso va bien, Guillermo, muy bien!
—¡Bien! —replicó Sikes—. ¡Bien estarÃa hace cien siglos si hubieras pensado en socorrerme! ¿Qué intención era la tuya al dejarme aquà abandonado durante más de tres semanas, perro vagabundo… corazón traidor?
—¿Pero no estáis oyendo? —exclamó el judÃo encogiéndose de hombros—. ¿OÃs lo que nos dice, precisamente cuando acabamos de traerle cosas tan buenas?
—No son tan malas —contestó Sikes, un poco apaciguado al volver los ojos hacia la mesa—. Pero dime, ¿cómo puedes excusar tu conducta, después de dejarme aquà enfermo, pobre, postrado, sin salud y sin nada que llevar a la boca, como si fuera un perro? A propósito del perro… ¡Échalo afuera, Carlos!