Oliver Twist
Oliver Twist —No hay muchacha de corazón más leal que ésta —murmuró Sikes, como hablando consigo mismo y mirándola con fijeza—, pues si asà no fuera, más de tres meses hace que le hubiese cortado el pescuezo… ¡Es la fiebre, no me cabe duda!
Tranquilo el ladrón con esa idea, trasegó de un trago el contenido del vaso y seguidamente pidió su medicina entre blasfemia y blasfemia. Levantóse la muchacha presurosa, y vertió la poción en una taza, pero vueltas sus espaldas a Sikes, y la acercó a los labios de éste para que bebiera su contenido.
—¡Mira! —exclamó el criminal—. Siéntate a mi lado, pero con tu cara de los dÃas de fiesta, si no quieres que la altere de manera que no la reconozcas en mucho tiempo cuando te mires al espejo.
Obedeció la joven. Sikes, tomando su mano, la estrechó entre las suyas y dejó caer la cabeza sobre la almohada, fija siempre la vista en los ojos de Anita. Cerró ojos, volviólos a abrir, repitió la operación dos o tres veces, se resolvió en el lecho como buscando la posición más cómoda, se incorporó una porción de veces dirigiendo en torno suyo miradas casi de terror hasta que al fin sus párpados se cerraron pesadamente y quedó sumido en una especie de letargo. Soltó la mano de Anita, dejó caer el brazo con languidez, y quedó inmóvil.