Oliver Twist
Oliver Twist —¡Al fin ha producido efecto láudano! —exclamó Anita levantándose—. ¿Será ya tarde?
Vistióse apresuradamente, se puso el sombrero y el chal lanzando de vez en cuando miradas inquietas a la cama, cual si temiera que Sikes, a pesar del narcótico, despertara. A cada instante esperaba sentir en sus hombros la presión de la zarpa del bandido. Al fin, inclinándose sobre el cuerpo del enfermo, le dio un beso en los labios, abrió sin hacer ruido la puerta de la habitación, y salió a la calle.
Un sereno cantaba las nueve y media en el callejón obscuro que Anita debÃa atravesar para salir a una calle céntrica.
—¿Hace mucho que dio la media? —preguntó la muchacha.
—Van a tocar los tres cuartos —contestó el sereno alzando el farol a la altura del rostro de la que acababa de interrogarle.
—¡Y no puedo llegar en menos de una hora! —murmuró Anita alejándose a buen paso.