Oliver Twist
Oliver Twist Gracias al cocinero, que reiteró su intercesión, el hombre que primero había salido accedió a subir el recado.
—¿Qué he de decir? —preguntó, puesto ya un pie en la escalera.
—Diga usted que una joven desea hablar a todo trance y a solas con la señorita Maylie —contestó Anita—. Añada que, si la señorita se digna escuchar las dos primeras palabras, ella verá si le interesa seguir escuchando, o si debe echarme a la calle por impostora—. Algo fuerte me parece el recado, joven.
—Délo usted sin alterar palabra, y tráigame la respuesta —replicó Anita con entereza.
Subió el criado. Anita quedó esperando, pálida y casi sin aliento, escuchando con cólera reconcentrada las expresiones insultantes que con voz bastante alta para que llegara a sus oídos le dirigían las castas y pudibundas doncellas, insultos que arreciaron cuando volvió el criado y dijo que la señorita recibía a la desconocida.
—En este mundo de nada sirve ser decente y honrada —exclamó una de las doncellas.
—Hay quien prefiere el cobre brilloso al oro mate.
—Las señoras se inclinan siempre hacia…
—¡Eso es vergonzoso!
Tales fueron los comentarios de las cuatro Dianas.