Oliver Twist
Oliver Twist —La mediación de usted en favor de ese pobre muchacho —dijo Rosa—, su venida a esta casa corriendo riesgos gravÃsimos para decirme lo que escuchó, su actitud, que me convence de la sinceridad de sus palabras, su arrepentimiento, que salta a la vista, la conciencia, en fin, de su propia ignorancia, todo ello me induce a creer que no está todo perdido en usted, que todavÃa puede rehabilitarse… ¡Oh! —repuso aquel ángel de bondad, juntando las manos en actitud suplicante y derramando lágrimas abundantes—. ¡No se haga usted sorda a las súplicas de una persona de su mismo sexo! ¡A las instancias de la primera… la primera, tal creo, que dirige a usted palabras de verdadera piedad y conmiseración! ¡Preste oÃdos a mi voz, y deje que la salve, que la libre del abismo en que ha caÃdo!
—¡Señorita! —exclamó la desdichada Anita cayendo de rodillas—. ¡Señorita querida, señorita dulce y virtuosa, señorita ángel! ¡Es usted, en efecto, la primera que me dirige palabras consoladoras, palabras que si hubiese escuchado algunos años antes, acaso me habrÃan librado del vicio y de la desgracia! ¡Hoy es tarde!.. ¡Demasiado tarde!
—Nunca es tarde para el arrepentimiento y la expiación —objetó Rosa.
—¡Lo es… sÃ! —insistió Anita retorciéndose las manos con desesperación—. ¡No puedo dejarle!… ¡No quiero ser causa de su muerte!