Oliver Twist
Oliver Twist —Cuando ángeles tan jóvenes, tan buenos, tan hermosos como usted entregan sus corazones —replicó Anita con decisión—, arrástrales el amor a abismos sin fondo, aun cuando, como usted, tengan casa, amigos, riquezas, admiradores, y todo cuan pudiera halagarles; pero cuando mujeres como yo, que no tienen ni esperan tener otro techo que la tapa del ataúd en que las enterrarán limosna, ni han de conocer otros amigos, cuando la enfermedad haga en ellas presa, que la enfermera de un hospital, entregan su corrompido e impuro corazón a un hombre, permite a éste que llene un hueco que estuvo vacÃo durante toda la vida, tenga usted por seguro que no hay fuerzas humanas que baste para curarnos. ¡Compadézcanos, señorita! ¡Compadézcanos a las que no quedándonos más que uno solo de los sentimientos de mujer, convertimos, por una fatalidad horrible en manantial de nuevos sufrimientos y violencias, lo que debiera ser nuestro orgullo y consuelo!
—Por lo menos —dijo Rosa, al cabo de algunos momentos de silencio—, me hará el favor de aceptar de mà algún dinero que la permita vivir honradamente… hasta que volvamos a vernos; ¿no es cierto?
—¡Ni un céntimo! —contestó Anita.
—¡No ponga usted obstáculos insuperables a cuantos esfuerzos hago para serle, de algún provecho! Con toda mi alma deseo servirla.