Oliver Twist
Oliver Twist El carcelero estaba en pie, recostado contra la barandilla, golpeándose maquinalmente la nariz con una llave que tenía en la mano, operación que de vez en cuando suspendía para imponer silencio a los que sostenían alguna conversación en voz alta o para decir con voz recia y ahuecada a alguna mujer: «¡Saque usted a ese muñeco de la sala!», cada vez que venían a perturbar la gravedad de la sala lloriqueos infantiles, medio ahogados por medio del chal de la madre. La sala olía a humedad, las paredes estaban sucias y descoloridas y el techo ennegrecido. Sobre la repisa de la chimenea veíase un busto viejo y ahumado, y coronaba el banquillo de los acusados un reloj cubierto de polvo, único objeto que al parecer se movía con regularidad y precisión. En cuanto a todos los seres animados allí presentes, la depravación, o la miseria, o las relaciones estrechas y habituales con entrambas cosas, habían acumulado sobre ellos un tinte especial no menos desagradable y repugnante que la escoria grasienta que cubría todos los objetos inanimados de aquel lugar, capaz de entristecer el ánimo más alegre.