Oliver Twist
Oliver Twist Tres semanas, quizá un mes, llevaba Oliver en la casa del empresario de pompas fúnebres. Cenaban una noche los esposos Sowerberry en la trastienda, después de cerrado el establecimiento, cuando el marido, previas frecuentes y sostenidas miradas de respeto dirigidas a su mujer, dijo:
—Querida mÃa…
Una mirada furibunda de su cara mitad cerró el paso a las palabras que debÃan seguir a las pronunciadas.
—¿Qué hay? —preguntó con frialdad ella.
—Nada, amiga mÃa, nada absolutamente.
—¡Estúpido!
—¡No lo creas, amiga mÃa! —exclamó con humildad el funerario—. Me pareció que no deseabas escucharme… Iba a decir…
—¿Y a mà qué me importa lo que ibas a decir? —interrumpió la cariñosa esposa—. Aquà no soy nadie, asà que, hazme el favor de no consultarme, de guardarte tus secretos.
La señora Sowerberry lanzó una carcajada histérica, presagio seguro de escenas violentas.
—Pero, mi querida amiga… Es que necesito tu opinión… —murmuró con dulzura el marido.
—¡No, no! ¿Qué te importa mi opinión? Pide la de cualquier otro.
Soltó la buena esposa otra carcajada histérica que llenó de espanto al marido.