Oliver Twist

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Aunque las luchas internas de que, acabamos de hacer mérito la llevaron siempre a la misma conclusión, acometiéronla con cruel insistencia una y otra vez, y terminaron por dejar en ella rastros perfectamente visibles. Enflaqueció, desaparecieron los colores de sus mejillas en el breve espacio de algunos días, a veces no se daba cuenta de lo que pasaba en derredor, ni tomaba parte en las conversaciones que en otra ocasión la hubieran interesado de seguro. Ora permanecía abatida y silenciosa, ora reía sin motivo; hablaba atolondradamente, —y segundos después se sentaba pensativa, apoyada la frente sobre la palma de la mano, y cuando ponía algún empeño en salir de aquel estado, sus mismos esfuerzos evidenciaban más y más sus inquietudes y demostraban que su pensamiento vagaba suelto y sin freno por lugares muy alejados de las personas que en derredor tenía.

Era un domingo por la noche. El reloj de la iglesia vecina comenzaba a sonar una hora. Sikes y el judío estaban hablando, pero suspendieron la conversación para escuchar. También Anita escuchó, alzando la cabeza para contar las horas. Dieron las once.

—Falta una hora para la media noche —observó Sikes, alzando la cortinilla de la ventana y mirando a la calle—. Noche obscura y tempestuosa… admirable para los negocios.

—¡Es verdad! —contestó Fajín—. ¡Qué lástima, Guillermo, que no tengamos ninguno preparado!


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