Oliver Twist
Oliver Twist —Esta noche sale —dijo FajÃn—. Casi me atrevo a asegurar que el objeto de su salida es el asunto en cuestión, pues ha estado todo el dÃa sola y el hombre a quien teme no volverá a casa hasta poco antes del amanecer. Venga conmigo… ¡Volando!
Levantóse Noé sin despegar los labios, impulsado por la excitación que observó en FajÃn y que le afectó profundamente juntos salieron de casa sin hacer ruido y, atravesando un verdadero laberinto de calles, llegaron al fin frente a la puerta de una taberna-posada, donde hicieron alto. Noé vio que era la misma en que habÃa pasado la noche el dÃa que llegó a Londres.
Eran las doce de la noche, y la puerta estaba cerrada. Un silbido peculiar del judÃo bastó para que aquélla girase sin ruido sobre sus goznes. Entraron y la puerta se cerró.
Sin decir palabra, y apelando al lenguaje de los sordomudos, FajÃn y el judÃo que les habÃa abierto la puerta señalaron con el dedo a Noé una ventanita defendida con su correspondiente cristal, y le indicaron que se acercase y observara a la persona que en la habitación se encontraba.
—¿Es la mujer? —preguntó Noé con voz que parecÃa un susurro.
—SÃ.
—No veo bien su cara… Tiene los ojos clavados en el suelo y la luz está colocada detrás de ella.