Oliver Twist

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Varias veces había pasado y repasado el puente la mujer, siempre espiada por el hombre, cuando el grave tañido de la gigantesca iglesia de San Pablo anunció el fenecimiento de un nuevo día. Era media noche para toda la ciudad; para los que habitan suntuosos palacios como para los que sufren en míseras chozas; para los que viven en las cárceles como para los recluidos en los manicomios; para los que acaban de venir al mundo en un hospicio como para los que le dan el último adiós en el lecho mísero de un hospital; para el rostro rígido y frío del cadáver como para, la carita del niño que duerme un sueño plácido: era media noche para todos.

No habían transcurrido dos minutos desde que sonaron las doce, cuando una señorita joven, acompañada por un caballero de cabellos grises, descendió de un carruaje a escasa distancia del puente, y penetró en éste, despidiendo antes al coche, dando el brazo a su acompañante. No bien adelantaron unos pasos, la mujer que estaba esperando avanzó a su encuentro.

El señor anciano y la joven caminaban mirando en derredor con la expresión de quien teme no encontrar a quien busca, cuando tropezaron de improviso con la que, por lo visto, les estaba esperando. Hicieron alto ahogando un grito de sorpresa al observar que en aquel instante pasaba junto a ellos un hombre que, a juzgar por el traje, debía ser carretero.


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