Oliver Twist
Oliver Twist —¡Y tanto! ¿Pero qué sucedió? ¿Quiere usted saber hasta qué punto llegó la ingratitud de esos necios? El marido envió a decir que no era aquella medicina la que convenÃa a la dolencia de su mujer, y como consecuencia, que no la tomarÃa. ¿Qué le parece a usted? ¡Que no la tomarÃa!… ¡Una medicina excelente, enérgica, saludable, que con tanto éxito se administró, no hace más que ocho dÃas, a dos jornaleros irlandeses y a un cargador de carbón… que por añadidura se le da gratis… y la devuelve diciendo que no la tomará la enferma!
Con tal fuerza hirió la imaginación de Bumble la enormidad de conducta tan desatentada, que, rojo de cólera, descargó un bastonazo terrible sobre el mostrador.
—¡Oh! exclamó el funerario. —La verdad es que… nunca en mi vida…
—¡No, nunca! —barbotó el bedel—. ¡No usted; nadie ha visto en su vida ejemplo tan monstruoso de ingratitud; pero, en fin, muerta está esa mujer, y no hay más remedio que enterrarla. Aquà tiene usted las señas de la casa; cuanto antes despachemos, mejor.
Ciego de ira el señor Bumble, se caló el tricornio del revés y salió del establecimiento como un torbellino.
—¡Demonio! —exclamó el funerario—. Tan furioso está, Oliver, que ni se acordó de preguntar por ti.