Oliver Twist
Oliver Twist Densa palidez cubrÃa la chupada cara del hombre; grises eran sus cabellos y barba y sus ojos estaban inyectados en sangre. Profundas arrugas surcaban en todos sentidos la cara de la mujer, por bajo de cuyo labio superior asomaban los dos dientes únicos que le quedaban. Sus ojos eran pequeños y de mirada penetrante. No osaba Oliver volver los ojos hacia ninguno de aquellos dos seres, que le recordaban las ratas repugnantes que fuera habÃa visto.
—¡Que nadie la toque! —aulló el hombre, al ver que Sowerberry se acercaba al cadáver—. ¡Atrás!
—¡Atrás, digo, si en algo estiman sus vida!
—¡Déjese de tonterÃas, buen hombre! —dijo Sowerberry, muy acostumbrado a ver la miseria bajo todas sus formas—. La vida es asà amigo mÃo.
—Repito —gritó el hombre, agitando los puños y pateando con furia, que no se la enterrará, que no la llevarán a la fosa, donde no podrÃa dormir y los gusanos la martirizarÃan… sin provecho, pues sólo huesos habrÃan de encontrar.
No contestó el funerario a aquel hombre delirante. Sacó una cinta del bolsillo, y se arrodilló un momento, junto al cadáver.