Oliver Twist
Oliver Twist —¡Ah! —exclamó el que más loco que cuerdo parecÃa, prorrumpiendo en sollozos y cayendo de rodillas a los pies de la difunta—. ¡De rodillas todo el mundo, de rodillas, y escuchadme! Digo que esta infeliz ha muerto de hambre. No sabÃa yo que estuviera tan enferma hasta que de ella se apoderó la fiebre, pero entonces, ya sus huesos horadaban su piel. CarecÃamos de lumbre, carecÃamos de luz y ha muerto en las tinieblas… ¡SÃ! ¡En las tinieblas! ¡No le fue dado ver los rostros de, sus hijos, aunque todos oÃamos cómo los llamaba en sus momentos postreros! ¡Pedà para ella en las calles, y por toda limosna, me enviaron a la cárcel! Cuando volvÃ, la encontré moribunda, y mi corazón gime bajo el peso de una opresión horrible porque me consta que la han dejado perecer de hambre. ¡Ante Dios vivo, testigo irrecusable, juro que ha muerto de hambre!
Acabadas de pronunciar las palabras anteriores, el hombre se mesó los cabellos y, lanzando un grito terrible, se revolcó por el suelo, extraviada la mirada y con los labios cubiertos de espuma.
Asustados los niños rompieron a llorar amargamente, pero la anciana, muda hasta entonces, sorda a cuanto sucedÃa en torno suyo, les amenazó para que callaran. Desató a continuación la corbata del que continuaba revolcándose por el suelo y avanzó con paso incierto hacia Sowerberry.