Oliver Twist
Oliver Twist —¡Era mi hija! —dijo, volviendo sus ojos de loca al cadáver y con sonrisa más espantosa aún que el espectáculo de la misma muerte—. ¡Dios mÃo… Dios mÃo! ¡Es singular que yo que la di el ser, yo, que era ya mujer cuando ella vino al mundo, esté sana y buena mientras ella yace frÃa y rÃgida en ese rincón! ¡Dios mÃo!… ¡Parece un sueño!… ¡SÃ! ¡Verdaderamente parece sueño!
Mientras aquella desventurada murmuraba palabras incoherentes y sonreÃa lúgubremente. Sowerberry dio media vuelta y se dispuso a salir.
—¡No se vaya usted… espere! —exclamó la mujer con voz que sonaba a hueco—. ¿Van a enterrarla mañana, pasado mañana o esta misma noche? Es mi hija, la he amortajado yo, y debo acompañarla, ¿no es cierto? EnvÃeme un abrigo muy largo… de mucho abrigo, porque hace un frÃo horrible. También deberÃamos tomar un pastel y vino antes de marchar, pero nos conformaremos con algún alimento… envÃe un buen pan y un vaso de agua. ¿Nos enviará usted pan, amigo mÃo? —preguntó con ansiedad asiendo al funerario por la levita cuando éste se dirigÃa a la puerta.
—¡SÃ, sÃ! —contestó Sowerberry—. ¡No faltaba más! ¡Todo lo que haga falta!
Escapó de las manos de la vieja y, seguido de Oliver, se precipitó hacia la puerta.