Oliver Twist
Oliver Twist —¡Hurra! —gritó uno de los hombres que ocupaban el puente más inmediato a la casa cercada—. ¡Ya le han cogido!
Redoblaron los gritos.
—¡Cincuenta libras esterlinas al que me presente vivo al asesino! —gritó un caballero anciano, desde el mismo sitio—. ¡No me moveré de aquà hasta que vengan a reclamármelas!
Resonó otra tempestad de gritos.
Cundió en aquel instante la voz de que al fin habÃan derribado la puerta, y que el jinete que antes habÃa pedido la escalera habÃa asaltado ya la habitación. La noticia, al propagarse de boca en boca, determinó un movimiento del torrente humano hacia la casa, las gentes que ocupaban las ventanas las abandonaron al ver que los de los puentes retrocedÃan, y, desbordándose por la calle, engrosaron las olas que, furiosas, avanzaban hacia la puerta, ávidas de ver pasar al criminal. Los gritos de los que se veÃan en peligro de morir asfixiados eran espantosos; las angostas calles estaban obstruidas por completo, y entre el ardimiento de los unos para avanzar, y la resistencia de los que no se resignaban a perder su puesto, se perdió de vista al asesino cuando mayor era el deseo de verle preso.