Oliver Twist
Oliver Twist Los hechos demostraron que no urgía apresurar la marcha tanto como el funerario había dicho, pues cuando llegaron al solitario rincón del cementerio donde crecían lozanas las ortigas al borde de las zanjas en que recibían sepultura los pobres de la parroquia, no había llegado todavía el sacerdote, y el sacristán, a quien encontraron sentado tranquilamente al amor de la lumbre de la sacristía, manifestó que sería muy probable que el cura tardase una hora en llegar. En consecuencia depositaron el ataúd al borde de la zanja que debía recibirlo, los que formaban el duelo esperaron con paciencia a la intemperie, azotados por una llovizna fría, mientras algunos muchachos desarrapados, a quienes había atraído la curiosidad, jugaban al escondite saltando sobre las tumbas y corriendo por entre los grupos de nichos. Bumble y Sowerberry, amigos antiguos del sacristán, sentáronse junto a la lumbre y mataban el tiempo leyendo el periódico.
Al cabo de una hora larga de espera, Bumble, el funerario y el sacristán corrieron presurosos en dirección a la zanja, a tiempo que hacía su aparición el cura que se ponía la sobrepelliz por el camino. Bumble dio unos pescozones a los muchachos más desvergonzados a fin de salvar las apariencias, y el respetable reverendo, leído el oficio de difuntos en menos de cuatro minutos, se despojó de su sobrepelliz, que entregó al sacristán y se fue.