Oliver Twist
Oliver Twist —¡A tu tarea, Guillermo! —dijo Sowerberry al sepulturero—. Rellena la fosa.
A decir verdad, no resultó penosa la tarea, pues tan llena estaba la zanja, que el último ataúd quedaba muy pocos pies por bajo del nivel del suelo. El sepulturero echó sobre el féretro cuatro paletadas de tierra, que aprisionó con sus pies; echóse al hombro la pala y se alejó, seguido por los muchachos, que murmuraban y lamentaban que la diversión hubiera sido tan breve.
—¡Vamos, buen hombre, vamos! —dijo Bumble al viudo, tocándole ligeramente en un hombro—. Vámonos, que es hora de cerrar el cementerio.
El interpelado, que no habÃa hecho el menor movimiento desde que se estacionó al borde de la zanja, se estremeció, alzó la cabeza, clavó sus ojos en el hombre que acababa de hablarle, caminó algunos pasos, y cayó desvanecido. No reparó en él la vieja, atenta únicamente a llorar la pérdida del abrigo que el funerario arrebató una vez terminado el oficio de sepultura, por cuyo motivo, hubieron de socorrerle los demás. Un cubo de agua frÃa vertido sobre su cabeza bastó para que el desgraciado recobrara el uso de los sentidos. A continuación le sacaron del cementerio, cerraron la puerta con llave, y cada cual se fue por su lado.
—¡Vamos a ver, Oliver! —dijo el funerario a su flamante aprendiz, mientras se dirigÃan a casa—. ¿Qué te ha parecido?