Oliver Twist
Oliver Twist —Es verdad —observó el primero—, que no pasará mucho tiempo sin que lo sepan; pero nada se pierde dejándolas por ahora en la ignorancia, y en cambio, puede ganarse mucho.
El viaje, pues, nada tenÃa de alegre: todos los viajeros guardaban silencio, todos hacÃan mil reflexiones acerca del objeto que en el coche los habÃa reunido, pero nadie estaba dispuesto a exteriorizar en forma sensible los pensamientos que le embargaban.
Pero si Oliver habÃa permanecido silencioso mientras se dirigÃa a su ciudad natal por un camino que le era perfectamente desconocido, no le sucedió lo mismo al cruzar sitios que le recordaron tiempos antiguos. ¡Qué de emociones nacieron en su pecho al recordar la época en que habÃa recorrido aquel mismo camino a pie, pobre, desvalido, huérfano, sin protección, sin hogar, sin un techo compasivo que le ofreciera asilo!
—¡Mire usted… mire usted! —exclamó Oliver, asiendo anhelante la mano de Rosa y sacando el brazo por la ventanilla del carruaje. ¡Por aquel portillo pasé!… ¡Al abrigo de aquellas cercas me escondÃ, temiendo que me dieran alcance mis perseguidores y me obligaran a volver!.. ¡Aquel sendero que cruza los campos conduce a la casa en que me tuvieron de niño, a la sucursal del hospicio-asilo!… ¡Oh, Ricardito, Ricardito!… ¡Qué placer, amigo mÃo, si pudiera verte ahora!