Oliver Twist
Oliver Twist Un instante antes, aquel niño, abatido por los malos tratamientos, era la dulzura, la sumisión personificada; pero los crueles insultos dirigidos contra la memoria de su madre fueron para él a manera de dolorosos fustazos que excitaron su valor y encendieron su sangre. LatÃa con violencia su corazón; erguido el cuerpo, llameantes los ojos, arrebatado el semblante, transformado por completo, contemplaba a su enemigo con mirada de reto, desafiaba con una energÃa de la que nadie le hubiera creÃdo capaz al que hasta entonces fuera su verdugo, al que osó ultrajar a su madre, al que ahora se arrastraba cobarde a sus pies.
—¡Me va a matar! —balbuceó Noé—. ¡Carlota!… ¡Señora! … ¡Que me asesina el aprendiz!… ¡Socorro!… ¡Auxilio!… ¡Oliver se ha vuelto loco!… ¡Carlota!
A los gritos de Noé contestó Carlota con otro más recio y la señora Sowerberry con un tercero que muy bien pudo pasar por ensordecedor bramido. La criada penetró en la cocina por una puerta lateral, y la señora se detuvo al pie de la escalera, hasta que se aseguró que no corrÃa peligro su vida si pasaba adelante.
—¡Miserable! —rugÃa Carlota, cogiendo a Oliver y sacudiéndole con todas sus fuerzas, iguales, si no mayores, que las de un hombre robusto—. ¡Ingrato… asesino… monstruo… vÃbora ponzoñosa!