Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Me encontré con el dueño de la pequeña posada local apostado junto al umbral de su negocio. Me senté para tomar un frugal desayuno y aproveché para mencionar el asunto de la casa.
—¿Está encantada? —pregunté.
El posadero clavó su mirada sobre mÃ, negó con la cabeza y respondió:
—Yo no digo nada.
—¡Entonces lo está!
—¡Bueno! —gritó el posadero, en un arrebato de franqueza algo desesperada—. Si me dejaran elegir, yo que usted no dormirÃa allÃ.
—¿Por qué no?
—Si quisiera que todas las campanillas de una casa sonasen a la vez, aunque nadie las tocara, y que todas las puertas se cerrasen con estrépito aunque nadie las empujara; y si me divirtiera que toda clase de pisadas se movieran de acá para allá, aunque nadie, salvo usted, hubiese puesto un pie en el interior de la casa… Bueno —explicó el posadero—, en tal caso sà que consentirÃa en dormir allÃ.
—¿Es que alguien ha visto algo extraño, quizás?
El posadero volvió a mirarme fijamente y, de repente, con la misma aparente desesperación, se volvió hacia las caballerizas y llamó a su empleado:
—¡Ikey!