Para leer al anochecer. Historias de fantasmas

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Ahora bien, aunque suelo tratar con un tono solemne y en voz baja los misterios inherentes a esa gran barrera que nos separa del otro mundo y al que se someten todas las cosas que en este mundo han sido; y aunque no tendré la audacia de fingir que no sé nada de ellos, lo cierto es que no me es posible reconciliar las puertas que se cierran con estrépito, las campanillas que repican, las maderas que crujen y otras menudencias por el estilo, con la majestuosa belleza y la omnipresencia de todas las reglas divinas de las que tengo conocimiento, en mayor medida de lo que, un poco antes en el día, había podido reconciliar la conferencia espiritual de mi compañero de vagón con la imagen del sol saliendo por el horizonte. Es más, yo había vivido ya en dos casas encantadas, ambas situadas en el extranjero. En una de ellas, un viejo caserón italiano que tenía la reputación de encontrarse repleto de fantasmas y que poco antes de mi llegada había sido abandonado por esta misma razón, residí durante ocho meses, y disfruté allí de una existencia tranquila y placentera. A pesar de ello, la casa poseía un buen número de habitaciones misteriosas que nunca se usaban, así como una alcoba encantada de primera categoría en la guisa de una estancia alargada contigua a mi dormitorio, en la que solía sentarme a leer con frecuencia. Con delicadeza comenté todas estas consideraciones con el posadero. Y en cuanto al hecho de que esta casa en cuestión, «Los Chopos», poseyera una reputación problemática, de nuevo razoné con él que muchas cosas tenían una mala reputación inmerecida, y lo sencillo que resultaba otorgarla sin motivo. A continuación le pregunté si de veras no pensaba que, si los dos nos empeñábamos en difundir por el pueblo rumores sobre cualquier viejo borracho de aspecto singular, diciendo por ejemplo que había vendido su alma al diablo, si no creía, en suma, que con el tiempo todos acabarían sospechando que así lo había hecho. Pero debo confesar que todos estos razonamientos no tuvieron el efecto deseado en el posadero. Todo mi parlamento se reveló totalmente inefectivo, he de decir, y constituyó uno de los mayores fracasos en este capítulo que he experimentado en toda mi vida.


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