Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas —No puedo —murmuró el joven—. No sé qué influencia nefasta se cierne sobre mÃ, pero no puedo.
Su compañero lo miró con un súbito espanto, y yo fui partÃcipe de aquel horror a mi manera; el reloj dio la una, y sentà que conseguÃa someter al segundo observador, y que la maldición sobre mà me obligaba a hacer que se durmiera.
—¡Levántate y anda, Dick! —gritó el lÃder—. ¡Inténtalo!
En vano se acercó a la silla del durmiente y le zarandeó. Sonó la una, y el hombre de mayor edad pudo verme, y se quedó petrificado ante mÃ.
A él solo me vi obligado a contarle mi historia, sin esperanza alguna de sacar beneficio de ello. Ante él fui solamente una aparición terrorÃfica, realizando una confesión inútil. Entendà que estaba condenado a repetir la misma situación de nuevo. Dos hombres vivos entrarÃan juntos, pero no para liberarme. En cuanto me hiciera visible, uno de los dos se dormirÃa, y no me verÃa ni me oirÃa. Mi historia nunca serÃa relatada más que a un solitario testigo, y serÃa para siempre inútil. ¡Oh, tristeza!