Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas —Discúlpeme —dijo el extraño—, pero… y que conste que esto no es lo que querÃa preguntarle en un principio… ¿es posible que esté viendo por aquà algún pequeño objeto que sea por casualidad de mi propiedad?
El señor Testador comenzó a tartamudear una disculpa inconexa. Pero para entonces el visitante ya se habÃa tomado la libertad de deslizarse dentro de su habitación. Empezó a moverse por toda la estancia como si fuera un duende, y al señor Testador se le heló la sangre. Primero examinó el escritorio y dijo: «MÃo»; después la butaca y dijo: «MÃa»; a continuación la librerÃa y añadió: «MÃa»; luego levantó una esquina de la alfombra y volvió a decir: «¡MÃa!». En una palabra, inspeccionó cada pieza del mobiliario del sótano, para declarar a continuación que le pertenecÃa.
SerÃa hacia el final de su examen, cuando el señor Testador se percató de que el visitante estaba empapado en alcohol; en concreto le pareció percibir que se trataba de ginebra. Sin embargo, el visitante no parecÃa vacilante en su habla o en su equilibrio, aunque sà se le notaba cierta rigidez en sus andares, aunque quizás eso podrÃa ser achacable a la propia ginebra, pensó el señor Testador.