Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas El señor Testador se encontraba, ciertamente, en un estado mental deplorable. Estaba convencido —según lo que deducÃa por el comportamiento del extraño personaje— de que las consecuencias de su temeridad y su atrevimiento finalmente caerÃan sobre él con toda su violencia. Tras unos breves instantes en los que ambos estuvieron frente a frente, escrutándose las miradas, el señor Testador comenzó a tartamudear:
—Señor, soy consciente de que le debo una completa explicación; es más, le debo una compensación, sin duda. PermÃtame suplicarle que no se enfade conmigo, aunque entiendo que su irritación es legÃtima. Quizás podrÃamos…
—¡Tomar un trago! —le interrumpió el extraño—. Me parece un plan perfecto.
El señor Testador en realidad querÃa decir «tener una pequeña conversación», pero con gran alivio aceptó la sugerencia. Sacó una garrafa de ginebra, la colocó sobre la mesa, y se puso a buscar afanosamente agua caliente y azúcar. Cuando se dio cuenta, comprobó que su visitante ya se habÃa bebido la mitad de la frasca. Poco menos de una hora después —si es que podÃa confiar en el carillón de la iglesia de St. Mary, en el Strand—, su visita ya habÃa dado buena cuenta del resto de la ginebra junto con el agua y el azúcar. De vez en cuando, entre trago y trago, musitaba en un susurro: «¡MÃo!».