Para leer al anochecer. Historias de fantasmas

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La hija también aseguraba que el grabado que yo había llevado a la casa tenía que ser el que faltaba del libro desde hacía tres semanas, en prueba de lo cual me señaló las marcas de cola que tenía por detrás y que se correspondían exactamente con las marcas que habían quedado en la hoja en blanco del libro. Desde el momento en que el padre vio aquellos apuntes recobró su salud mental.

No se me permitió retocar ninguno de los dos dibujos a lápiz del cuaderno, temiendo que pudiesen estropearse; pero enseguida comencé un cuadro al óleo, con el padre sentado junto a mí, hora tras hora, dirigiendo mis pinceladas, conversando racional y hasta alegremente mientras lo hacía. Evitó las alusiones directas a sus visiones, aunque de vez en cuando trató de llevar la conversación a las circunstancias en que yo había tomado aquellos apuntes. El doctor se presentó aquella misma tarde y, tras elogiar el tratamiento que él mismo había aplicado, diagnosticó la notable mejoría del paciente, definitiva en su opinión.

Al día siguiente era domingo y fuimos todos a la iglesia. El padre lo hacía por vez primera desde que comenzara su duelo. Tras el almuerzo me invitó a que diéramos un paseo. Entonces volvió a sacar el tema de los bocetos y, tras dudar unos instantes de si debía confiar en mí, me dijo:


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