Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Personalmente, recuerdo que solía poner en duda aquella narración en concreto, porque, aunque en casa teníamos unas cuantas urnas de cristal, y puesto que yo no estaba seguro del todo de poder librarme, si se me hubiera presentado el caso, de una aparecida que me exigiese un entierro que costase veinticuatro libras y diez chelines, ¿cómo iba a permitírselo alguien como yo, cuya paga semanal ascendía a dos míseros peniques? Pero mi despiadada niñera, previendo mis objeciones, me quitaba de golpe la alfombra sobre la que se asentaban mis inocentes pies, y me informaba, imprimiendo a su voz un matiz de gran misterio, que la otra joven, aquélla a quien se había hecho el terrible encargo del que hablaba la historia, no era otra que ella misma. Ante tal revelación, comprenderán ustedes que yo no fuera capaz de dudar de sus palabras. No era posible, sencillamente.
Estos son algunos de los viajes que, contra mi voluntad, me vi forzado a emprender cuando era muy joven y adolecía, por tanto, de gran capacidad de discernimiento. Viajes que no me aportaron nada bueno y que, ahora que me detengo a pensar en ello, no se produjeron hace tanto tiempo, dado que no hace mucho se me pidió que volviese, una vez más, a realizar alguno de ellos, siempre con imperturbable semblante.