Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Aunque había algunos ángeles que no se marchaban en compañía de nadie, y entre aquéllos, una cara que él reconocía: la cara de la enfermita que una vez había estado allí, en la cama, y que estaba ahora toda embellecida y radiante, aunque su corazón la encontró entre todos los que recibían a los demás.
El ángel de su hermana se demoraba cerca de la entrada a la estrella y le preguntaba a quien estuviera a cargo de organizar la fila: «¿Habéis visto a mi hermano?».
Y ellos le respondían: «No».
Ella ya se volvía cuando su hermano extendía los brazos y la llamaba: «¡Oh, hermanita! ¡Estoy aquí! ¡Llévame!». Y entonces ella se volvía, y le iluminaba con su mirada, y se hacía de noche, y la estrella brillaba en la habitación, enviándole largos destellos, mientras él la miraba entre lágrimas. Desde entonces, el niño miraba hacia la estrella como al hogar al que iría cuando llegase su hora, y pensaba que ya no pertenecía solo a la tierra sino también a la estrella adonde el ángel de su hermana había viajado antes que él.
Y nació un bebé que habría de ser el hermanito del niño, y siendo tan pequeño que aún ni siquiera hablaba, cayó de su cama y falleció.
Volvió el niño a soñar con la estrella abierta y con la compañía de los ángeles con sus ojos relucientes vueltos hacia las caras de las personas.