Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Con una irrefrenable sensación de que algo andaba mal, y atenazado por un repentino miedo culpable de que algún daño fatal se hubiese producido por dejar allà solo a aquel hombre sin avisar para que enviasen a alguien a supervisar o corregir sus acciones, descendà por el escarpado sendero lo más rápido que pude.
—¿Qué ocurre? —pregunté a los hombres.
—El guardavÃas se ha matado esta mañana, señor.
—¿No se referirá al hombre que vivÃa en aquella caseta?
—Si, señor.
—¡Oh, Dios mÃo, yo conocÃa a ese hombre!
—Si lo ha visto alguna vez, podrá usted ayudarnos a identificarle —dijo un hombre que hablaba por los demás, descubriéndose la cabeza con solemnidad y alzando la lona por uno de sus extremos—; al menos, su cara ha quedado relativamente intacta.
—¡Oh! Pero, dÃganme, ¿cómo ha ocurrido? —pregunté volviéndome hacia unos y otros mientras la puerta de la garita se cerraba de nuevo.